Somnia a Deo missa
No puedo recordar el entorno ni los hechos anteriores, sólo vagas reminiscencias de un ambiente puro, fresco, levemente extático, iluminado por un brillo uniforme y sosegante. Me siento rodeado por una nube densa y benévola, clara como las de un cielo sobre el mar en abril. He alcanzado un estado armonioso, la cúspide de mi ser; me sé la quintaesencia de la paz; que mi interior se transforma en algo transparente, que he llegado más allá de mis propios límites de lo que quise ser; que el otro lado ha quedado atrás. El otro lado, el que fue mi afán, plasmado aquí y allá en incontables versos de mi poesía -que es lo único que poseí y ofrecí al mundo-. Me sé arropado por el amor orgánico de la naturaleza. Ahora mismo me entrego, en este estado, en esta cima, al amor que flota en todo el universo. Los sentimientos de armonía suceden, se elevan, son el pleno paroxismo. Tengo el presentimiento de que olvidaré esta lozanía, esta cumbre, y al instante me derrumbo.
Caigo de regreso a mi vano cuerpo de hombre. Soy de nuevo un leve trazo. Me veo de nuevo con mi típico color azul nocturno. Los colores al rededor son desoladores, como siempre. Una marea violenta de tribulaciones, oscuras preocupaciones se vierten sobre mí, me inundan y me regresan al pozo, donde me aguarda el tiempo -ese dentado animal- con su cara más despiadada para recordarme que me enmarañaré entre sus grises barbas, entre sus laberintos, entre sus silencios.
Escribo esto con una esperanza, pero mientras poso mi pluma sobre el papel el recuerdo se ahoga en la tinta. Cuanto más minuciosamente hilvano las palabras, más se aparta el sueño, huyendo a los resquicios de la inconsciencia.
Pero falta mencionar...he regresado con algo de este sueño. Artefactos que fueron forjados en el mundo onírico me acompañaron hasta el despertar. Lágrimas que saciaron las tierras áridas de mi alma y mi cuerpo, donde sembraré árboles, que serán mi memoria.
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